Hay libros que disfrutamos mientras los leemos. Y luego están esos otros que, sin darnos cuenta, terminan formando parte de nuestra propia historia.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Harry Potter en mi familia.
Todavía recuerdo cuando empezamos a comprar los libros. Cada nueva publicación era un pequeño acontecimiento en casa. Esperábamos con ilusión el siguiente volumen y, cuando por fin llegaba, parecía que durante unos días todo giraba alrededor de Hogwarts.
Mis hijos crecieron acompañando a Harry, Ron y Hermione. Y, de alguna manera, yo también.
Con el paso de los años llegaron las películas, las conversaciones interminables sobre cuál era el mejor libro, los personajes favoritos y las escenas que más nos habían emocionado. Aún hoy seguimos recordando muchos de esos momentos.
En casa también han ido apareciendo pequeños recuerdos relacionados con esta saga. Tenemos el Monopoly de Harry Potter, que ha dado para muchas tardes de risas en familia. Mi marido me regaló una preciosa reproducción de la Varita de Saúco, uno de esos regalos que sabes que quien te lo hace conoce perfectamente la ilusión que te va a provocar.
Y quizá uno de los recuerdos más bonitos fue preparar para mis hijos unas cartas personalizadas de Hogwarts, como si realmente hubieran sido aceptados en el colegio de magia. Ver sus caras de sorpresa fue uno de esos momentos que una madre guarda para siempre en el corazón.
Con los años he leído muchísimos libros, de todo tipo y de todos los géneros. Algunos me han emocionado, otros me han hecho reflexionar y otros simplemente me han entretenido. Pero muy pocos han conseguido acompañarme durante tanto tiempo como lo ha hecho Harry Potter.
Porque esta saga nunca ha sido solo una colección de novelas.
Ha sido una forma de compartir tiempo con las personas que más quiero.
Y quizá por eso, cada vez que vuelvo a abrir uno de estos libros, siento que no solo regreso a Hogwarts.
También regreso a muchos de los momentos más felices de mi vida.
