A veces me preguntan qué tiene que tener un libro para gustarme.
Y siempre me cuesta responder.
Porque no depende del género. He disfrutado con novelas románticas, thrillers, historias históricas, fantasía… Al final, lo que realmente busco no está en la portada ni en la etiqueta que lleva la librería.
Busco sentir.
Me enamoran esos personajes que parecen personas de verdad. Los que ríen, se equivocan, sufren, aman y evolucionan. Esos que, cuando cierro el libro, siento que voy a echar de menos durante unos días.
Me gustan las historias que consiguen sorprenderme, emocionarme o hacerme sonreír. Las que me obligan a decir “solo un capítulo más” cuando ya debería haber apagado la luz.
Pero, sobre todo, un buen libro para mí es aquel que consigue algo que muy pocas cosas logran.
Que durante un rato deje de pensar.
Que desaparezcan el trabajo pendiente, las listas de la compra, las llamadas que tengo que hacer, las facturas por pagar, las preocupaciones y todo ese ruido que, sin darnos cuenta, muchas veces llevamos constantemente en la cabeza.
Cuando una historia consigue eso…
…sé que tengo entre las manos un gran libro.
Porque durante unas páginas dejo de estar sentada en mi sofá.
Viajo.
Vivo otra vida.
Me convierto en otra persona.
Y, cuando regreso a la realidad, vuelvo un poquito más ligera de lo que estaba antes de empezar a leer.
Eso es lo que busco cada vez que abro un libro.
No necesito que sea perfecto.
Solo necesito que consiga regalarme ese pequeño milagro: hacer que el tiempo pase sin que me dé cuenta y recordarme que, durante un rato, el mundo puede esperar.
Quizá por eso sigo leyendo cada día.
Porque los libros no solo cuentan historias.
A veces también nos regalan un lugar donde descansar.
Y creo que todos necesitamos uno de vez en cuando.
