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Tomamos un café

La inteligencia nunca estuvo sola

La inteligencia nunca estuvo sola

☕ La inteligencia nunca estuvo sola

Hoy nuestro café viene acompañado de un libro.

Pero no de uno de los que solemos encontrar por aquí.

Hace unos días, un lector de Amor por los Libros nos hizo llegar La inteligencia nunca estuvo sola, de Juan Carlos Rodríguez Barreno, y nos pareció un detalle precioso. ❤️

Cuando empezamos esta web imaginábamos un lugar donde compartir nuestras lecturas, hablar de libros y descubrir nuevas historias. Lo que quizá no imaginábamos era que, poco a poco, quienes estáis al otro lado también empezaríais a acercarnos las vuestras.

Y eso nos hace muchísima ilusión.

Ahora bien, quienes nos conocéis sabéis que nuestras estanterías suelen estar ocupadas por romances, thrillers, fantasía, algo de erótica y todas esas historias que consiguen que digamos «solo un capítulo más» y terminemos mirando el reloj a las dos de la madrugada. 😂

La inteligencia nunca estuvo sola juega en otra liga.

Es un ensayo sobre inteligencia artificial, educación, conocimiento, tecnología y, en realidad, sobre algo mucho más cercano de lo que parece:

nosotros.

Por eso decidimos no incluirlo dentro de nuestras reseñas habituales.

Pero también pensamos:

¿Y por qué no nos tomamos un café y hablamos de él?

Porque la pregunta no es tan nueva como parece

Hay una idea que recorre el libro y que me ha resultado especialmente interesante.

Ahora hablamos muchísimo de inteligencia artificial y escuchamos constantemente que puede hacer que dejemos de pensar, de escribir, de aprender o incluso de trabajar como hasta ahora.

Pero resulta que el miedo a que una herramienta nueva nos quite alguna capacidad no nació con ChatGPT.

Hace miles de años ya preocupaba que la escritura debilitara nuestra memoria.

Mucho después llegaron las calculadoras y apareció otra pregunta: si una máquina puede hacer las operaciones por nosotros, ¿dejaremos de aprender matemáticas?

Después llegó internet.

Y entonces parecía que, teniendo toda la información a golpe de clic, ya no necesitaríamos saber nada.

Y aquí seguimos.

Con algunas capacidades diferentes, otras quizá un poquito oxidadas y unas cuantas nuevas que nuestros abuelos ni siquiera habrían imaginado.

Ahora ha llegado la IA y volvemos a hacernos la misma pregunta con distinto protagonista:

¿qué dejamos de hacer nosotros cuando una herramienta puede hacerlo por nosotros?

Y aquí la cosa se pone interesante

El libro no presenta la inteligencia artificial como la salvadora del mundo.

Pero tampoco como el villano de la película.

Y eso me ha gustado.

Porque sería muy fácil colocarse en uno de los dos extremos: o pensar que la IA solucionará todos nuestros problemas o imaginar que dentro de unos años estaremos rodeados de máquinas mientras los humanos miramos al techo sin saber ya hacer nada. 😂

Aquí la reflexión es bastante más incómoda.

Sí, las herramientas nos facilitan muchas cosas.

Pero cada vez que delegamos algo también podemos dejar de practicarlo.

El GPS consiguió que dejáramos de aprender muchos caminos de memoria.

La calculadora hizo innecesario realizar determinadas operaciones a mano.

Internet cambió nuestra manera de buscar información.

Y una inteligencia artificial puede redactar, resumir, traducir, organizar ideas o ayudarnos a resolver problemas en segundos.

La cuestión quizá no sea si debemos utilizarla o no.

La cuestión es:

¿qué cosas estamos dispuestos a delegar y cuáles queremos seguir sabiendo hacer nosotros?

Y esa pregunta ya no me parece tan sencilla.

Una parte que me ha hecho pensar especialmente: la educación

Aquí se nota que Juan Carlos Rodríguez Barreno habla también desde su experiencia como profesor.

Porque imaginad un aula actual.

Un alumno puede pedirle a una IA que le explique un problema, le haga un resumen, redacte un texto o le proponga ejercicios.

Entonces, ¿la solución es prohibirla?

El libro plantea otra posibilidad: quizá tengamos que cambiar algunas de las cosas que preguntamos y evaluamos.

Porque obtener una respuesta correcta nunca había sido tan fácil.

Pero saber si esa respuesta tiene sentido, detectar un error, contrastarla, justificarla o explicar con tus propias palabras por qué es correcta sigue necesitando a la persona que está delante de la pantalla.

Y esto me parece importante incluso fuera de las aulas.

Porque todos hemos leído alguna vez algo en internet y hemos pensado:

«Pues será verdad».

Y a correr. 😂

Con una IA ocurre algo parecido, con el añadido de que suele explicárnoslo todo con tanta seguridad que resulta muy fácil creerla.

Quizá una de las habilidades más importantes que vamos a necesitar no sea aprender a conseguir respuestas.

Sea aprender a cuestionarlas.

Pero el libro va bastante más allá de ChatGPT

A medida que avanzan los capítulos aparecen cuestiones relacionadas con el trabajo, la desinformación, la política, la desigualdad en el acceso a la tecnología, el poder de las empresas que controlan estas herramientas, la creatividad o nuestra forma de aprender.

Y hay algo que se repite continuamente:

las tecnologías no llegan solas.

Traen ventajas, pero también costes.

Y esos costes no siempre los paga la misma persona que recibe los beneficios.

Por eso, aunque el punto de partida sea la inteligencia artificial, en realidad el libro termina hablando de decisiones humanas.

Quién controla la herramienta.

Quién puede utilizarla.

Quién se queda fuera.

Qué trabajos cambiarán.

Qué decidimos enseñar.

En qué confiamos.

Y qué cosas, por muchas máquinas que tengamos alrededor, seguimos considerando importantes.

Y hay una confesión que me hizo sonreír

Casi al final del libro, el propio autor cuenta que ha utilizado inteligencia artificial mientras escribía este ensayo.

No para dejar que escribiera el libro por él, sino como herramienta para localizar y comprobar fuentes, buscar argumentos contrarios a sus propias ideas o revisar el texto.

Y me parece una manera estupenda de cerrar el círculo.

Porque, después de tantas páginas preguntándonos si las herramientas nos sustituyen o nos ayudan, el propio libro acaba convirtiéndose en un ejemplo de la respuesta que propone:

quizá no se trate de que la máquina piense por nosotros.

Quizá se trate de aprender a utilizarla sin dejar de pensar nosotros.

Al final, volvemos a las personas

Hay una idea del libro que se me ha quedado especialmente grabada.

Durante mucho tiempo hemos relacionado la inteligencia con saber muchas cosas, recordar datos o resolver problemas rápidamente.

Pero si una máquina puede proporcionarnos información en segundos, quizá empiecen a importar todavía más otras capacidades:

tener criterio.

Saber dudar.

Cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias.

Hacer buenas preguntas.

Reconocer que no sabemos algo.

Pensar antes de aceptar una respuesta simplemente porque suena convincente.

Y, curiosamente, cuanto más avanzadas se vuelven nuestras herramientas, más humanas parecen esas capacidades.

Así que no, La inteligencia nunca estuvo sola no se incorporará a nuestras reseñas habituales porque no pertenece a los géneros que normalmente compartimos en Amor por los Libros.

Pero estoy muy contenta de haberle hecho un huequito aquí.

Porque Tomamos un café nació precisamente para esto: para salir alguna vez de las estanterías, sentarnos un rato y hablar de esas cosas que una lectura nos deja rondando por la cabeza.

Y esta ha dejado unas cuantas.

Gracias al lector que nos lo hizo llegar y que, sin saberlo, hoy se ha sentado un ratito a tomar este café con nosotros. ❤️

Y ahora os dejo la pregunta a vosotros:

¿Creéis que la inteligencia artificial nos ayudará a pensar mejor… o corremos el riesgo de acostumbrarnos demasiado a que piense por nosotros?

Os leo.

Con cariño,
Tere ❤️

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